Aunque ya han pasado algunos meses desde aquellos días de febrero, quedaba pendiente dejar por escrito lo vivido y agradecer a tantas personas que hicieron posible una respuesta ejemplar ante una situación tan difícil. Porque hay acontecimientos que no deben quedar únicamente en la memoria de quienes los vivieron, sino también reflejados para que permanezcan como testimonio de la fuerza de una comunidad cuando se une para ayudar al prójimo.
Tras un mes de enero extraordinariamente lluvioso, con los pantanos prácticamente al límite de su capacidad, la primera semana de febrero, el nivel del río comenzó a subir de forma constante durante toda la semana. Poco a poco, la preocupación fue creciendo entre los vecinos de las zonas más cercanas al cauce, mientras el agua avanzaba inexorablemente.

Aquel viernes día 6, inmersos ya en los preparativos más intensos del curso cofrade, un grupo de hermanos se había reunido para comenzar las labores de limpieza de la orfebrería. Miembros de la Junta de Gobierno, integrantes del Grupo Joven y otros hermanos, alrededor de una decena de personas, nos disponíamos a iniciar el trabajo. Como es habitual en tantas jornadas de convivencia y servicio, comenzamos compartiendo un café.
Fue precisamente durante ese café cuando la conversación giró inevitablemente hacia la situación que se estaba viviendo en Alcolea. Las primeras evacuaciones ya habían comenzado y muchas familias se veían obligadas a abandonar sus hogares. Las alternativas ofrecidas en aquel momento eran encontrar refugio en casa de familiares o desplazarse en los autobuses que el Ayuntamiento había puesto gratuitamente a disposición de los vecinos para pasar la noche en el pabellón de Vista Alegre.
Mientras nos preguntábamos qué podíamos hacer para ayudar, recibimos una llamada providencial de nuestro párroco, D. Pablo Lora. Con la claridad y determinación que requería el momento, nos trasladó una idea sencilla pero fundamental: la parroquia debía hacer algo. Su propuesta fue habilitar los salones parroquiales para acoger a quienes lo necesitaran.

A partir de ese instante comenzó una intensa tarde de trabajo. Mientras algunos recorrían la barriada para conocer de primera mano las necesidades existentes y seguían con preocupación la evolución de la crecida, fácilmente visible en el nivel del arroyo Guadalbarbo, otros comenzaron a preparar las instalaciones parroquiales.
La respuesta de la comunidad fue inmediata. Se solicitaron colchonetas, que fueron generosamente cedidas por el director del Instituto Puente de Alcolea; hubo quien facilitó una furgoneta para su transporte; otros se encargaron de la limpieza, la organización de los espacios y la puesta en funcionamiento de la calefacción para que todo estuviera preparado.
Al mismo tiempo, se inició una auténtica cadena de solidaridad. Diversos supermercados, establecimientos de hostelería y comercios de la barriada aportaron alimentos de forma totalmente desinteresada. Incluso una vecina acudió con un caldo recién preparado que tenía en su casa para compartirlo con quienes pudieran necesitarlo aquella noche.
Mientras tanto, en el Centro Cívico se desarrollaba una reunión entre vecinos y responsables públicos. Muchos afectados solicitaban una alternativa de alojamiento en la propia barriada, pues no querían marcharse a Córdoba mientras observaban con impotencia cómo el agua amenazaba sus viviendas. Entre las peticiones más repetidas se encontraba la apertura del pabellón polideportivo de Alcolea.
Conscientes de que no nos correspondía intervenir en la gestión administrativa de la emergencia, acudimos como Iglesia para acompañar, apoyar e informar de que los salones parroquiales estaban abiertos y que habría cena para cualquier persona que la necesitara o simplemente quisiera compartir esos momentos de incertidumbre junto a sus vecinos.

Más tarde, llevamos también bocadillos y bebidas al Centro Cívico. Finalmente, muchas de las personas allí reunidas se trasladaron a los salones parroquiales, donde alrededor de treinta vecinos pudieron cenar en un ambiente de fraternidad y cercanía. Sobre las mesas hubo caldo caliente, bocadillos, queso, chacinas y todo aquello que la generosidad de tantos había puesto a nuestra disposición.
Durante la noche acudió la Concejala Delegada de Servicios Sociales para comunicar que Cruz Roja habilitaría finalmente el Pabellón Polideportivo de Alcolea para la acogida de los afectados. Cerca de las once de la noche varias familias pudieron trasladarse allí para descansar. Sin embargo, algunas personas mayores y sus familias que ya se encontraban instaladas en los salones parroquiales decidieron permanecer en ellos. Allí pasaron aquella noche y también la siguiente.
La solidaridad no terminó entonces. Durante el día siguiente volvieron a llegar donaciones y colaboraciones que permitieron ofrecer desayuno, almuerzo y comida a quienes permanecían alojados o necesitaban ayuda.
Todo ello fue posible gracias a un esfuerzo colectivo en el que participaron la parroquia, la Hermandad, numerosos vecinos, el Instituto Puente de Alcolea, comercios, establecimientos hosteleros, voluntarios y muchas personas anónimas que aportaron su tiempo, sus recursos y su disponibilidad cuando más falta hacía.
Aquellos días nos recordaron que la verdadera esencia de una hermandad no se encuentra únicamente en los cultos, las procesiones o las tradiciones que con tanto cariño conservamos. Se encuentra también en la capacidad de responder al sufrimiento del hermano, de abrir las puertas cuando alguien lo necesita y de convertir la fe en obras concretas de amor y servicio.
El Evangelio nos enseña que «tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me acogisteis» (Mt 25, 35). Quizás aquellos días de febrero no fueron otra cosa que una humilde forma de intentar vivir esas palabras. Y si algo quedó claro entre el ruido del agua y la incertidumbre de aquellas horas, es que cuando una comunidad camina unida y pone a Cristo en el centro, siempre encuentra la manera de convertirse en refugio para quien más lo necesita.




